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sexta-feira, 29 de janeiro de 2010

El problema de salud de Lula, en un momento clave

RÍO DE JANEIRO.- Fue una noticia rara: los principales medios de comunicación locales no llegaron a dar cuenta del Estado de São Paulo , advirtieron al unísono el avance de Lula sobre el Tribunal de Cuentas de la Unión -órgano similar a la Auditoría General de la Nación en Argentina- al que el presidente brasileño le declaró la guerra desde que el organismo adoptó medidas de paralización de las obras de infraestructura su candidata, Dilma Rousseff, inscriptas en el marco del Programa para la Aceleración del Crecimiento.


Los medios digitales, la televisión y la radio tuvieron la responsabilidad de informar lo acontecido respecto a la salud del presidente, ante una opinión pública sorprendida: no había ningún indicio sobre una posible enfermedad de Lula que, por el contrario, es caracterizado por su hiperactividad y su cargada agenda de política exterior e interna.

Resulta que hasta el momento, las hipótesis sobre las enfermedades dentro de la política brasileña se centraban exclusivamente en dos figuras: Dilma Rousseff, la precandidata de Lula para la sucesión presidencial, a quien le diagnosticaron un cáncer linfático en abril del año pasado, y el vicepresidente de la República, José Alencar, quien es constantemente noticia por sus internaciones fruto de su cáncer abdominal.

La intriga sobre la evolución de su estado de salud duró sólo una cuestión de horas. Hacia la media tarde todos los medios ya informaban sobre su pronta recuperación y su retorno habitual al trabajo previsto para el lunes luego de tres días de reposo, aunque ello le haya significado a Lula la cancelación de su viaje al Foro de Davos, donde sería galardonado del "estadista global".

Consecuencias políticas. Lula, además de ejercer el mandato presidencial que le corresponde hasta el 1º de enero del 2011, también se convirtió en el principal articulador de la campaña de su candidata que viene promocionando incansablemente hace más de un año.

En lo que respecta a la política exterior, la obsesión de Lula por insertar a Brasil en el mundo, cuya notoriedad aumentó enormemente en los últimos años, fue fruto de una maratónica jornada de viajes al exterior, constituyéndose en el mandatario que más tiempo permaneció en el afuera desde el retorno de la democracia brasileña, donde sólo el año pasado consumió tres meses de su mandato en el extranjero.

De prolongarse el cuadro actual y verse forzado a licenciarse del ejercicio de la presidencia, el sucesor de Lula en el cargo sería el vicepresidente José Alencar, de 78 años, que no presenta garantías para ejercer: desde 1997 ha sido constantemente internado por la lucha contra su cáncer abdominal.

En este caso, quien debería ocupar temporalmente el cargo de la presidencia es el presidente de la Cámara de Diputados, Michel Temer (PMDB), aunque éste es un escenario sumamente lejano en la actualidad.

En términos estrictamente políticos, quien más perjudicado se encuentra ante el cuadro de hipertensión de Lula, es la propia precandidata del oficialismo para la sucesión presidencial, Dilma Rousseff, que hoy depende más que nunca de la presencia del ultrapopular mandatario brasileño para potenciar su candidatura, actualmente ubicada entre 15 y 20 puntos detrás del opositor gobernador paulista, José Serra (PSDB).




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